Animalario

ANIMALARIO, LOS ANIMALES DE BLANCA MORENO

En esta obra la artista colombiana Blanca Moreno, nacida en Bogotá, complementa con magníficos dibujos de animales 20 de 40 poesías cortas alusivas a animales del escritor y cineasta Roberto Triana, quien ya había publicado otra serie también titulada Bestiario (1980) ilustrada con litografías por su amigo el artista italiano Sandro Chia.

Los Bestiarios -a grosso modo los tratados medievales acerca de animales con colecciones de imágenes usualmente descriptivas de realidades y cargadas de imaginarios- han contado con una larga presencia cultural que continúa vigente. Expresan la fascinación y el misterio que ejercen en nosotros estos seres que en ocasiones se tornan en tan distintos, misteriosos opuestos y, en otras si cabe más inquietantes aún, se constituyen en alter egos con quienes nos identificamos y donde reconocemos los más fundamentales rasgos de nuestro ser.

La obra de Blanca Moreno ocupa un lugar especial en esa historia al aportar a este género artístico un legado propio, la óptica distinta de una artista latinoamericana que ha observado e interpretado minuciosamente la naturaleza y el paisaje en Colombia, país que se ufana de ser uno de los más ricos en biodiversidad del mundo. Su visión y el significado de su sólida trayectoria de varias décadas adquieren aún mayor resonancia, ya que paradójicamente, han sido lamentablemente escasos los artistas que han enfocado esa realidad y sus complejas implicaciones con tan extremada atención.

La observación y catálogo de animales, y la interpretación de nuestra relación con ellos en occidente tiene raíces en el mundo griego –el mito de Orfeo al encantar las bestias, el comportamiento antropomórfico de las fábulas de Esopo, las observaciones del mundo natural de Heródoto o la Historia Animalium de Aristóteles. Durante la Edad Media, el Bestiario propiamente dicho apareció como una colección explicada de animales en la obra Physiologus (anónimo), una historia natural que se componía de una mezcla encantadora de datos y de mitos –de lo sabido más lo imaginado- constituyéndose en una obra muy popular y respetada a la vez. Allí aparecen lado a lado animales míticos como el unicornio o la sirena, con reales salpicados de impresionantes aseveraciones como aquella de que la salamandra era la más peligrosa de todas: podía matar a muchos a la vez, ya que si caía a un pozo o subía a un árbol los envenenaba y además era inmune al fuego. En las diversas versiones del Bestiario, usualmente se repetían las mismas bestias, y sus descripciones, basadas en citas bíblicas. Paulatinamente incorporaron aspectos religiosos moralizantes relativos al comportamiento humano.

A pesar de ser un clérigo, el diácono y canciller de Amiens del Siglo 13, Richard de Fournival fue mucho más lejos al subvertir y parodiar el contenido del Bestiario con fines satíricos, relacionándolo con juegos de conquista y seducción, y dotándolo de significados eróticos. Fournival, hijo del médico del rey y con propia licencia de cirujano, fue además escritor prolífico de poemas líricos, obras de alquimia y filosofía; su obra Bestiarie d’Amour, cuya copia más antigua es de 1290, equipara el comportamiento animal con uno moralizante aplicable a las relaciones amorosas: en las marginalias de su manuscrito se ilustra la enseñanza de que entre una pareja -como entre un lobo y un hombre- está en desventaja el que muestra sus intenciones primero, porque el otro al notarlo tiende a escaparse… Esta obra transformó el enfoque científico o religioso de este género, por uno literario de significados profanos inaugurando una tradición de posibilidades personales y poéticas a la cual se remonta este Bestiario.

Durante el Renacimiento, además del renovado interés por la tradición de descripciones científicas propio de la época, apareció una nueva relación visual entre animales y humanos, de la especulación acerca de la fisionomía humana que interpretaba el carácter basándose en los rasgos físicos, del que son ejemplo los expresivos dibujos grotescos de Leonardo da Vinci de personajes que incorporaban rasgos de animales, usualmente con implicaciones negativas, que recalcaban una actitud antropocéntrica propia del humanismo.

En América Latina, por su parte, las detalladas y variadas representaciones de animales, en la cerámica y orfebrería pre-colombina, que involucraban una detallada observación y cercanía con el entorno natural, desaparecieron con el dominio de la cultura española durante la época colonial. Las empresas científicas como la Expedición Botánica de José Celestino Mutis no incluía animales, ni tampoco la posterior Comisión Corográfica que intentaba hacer un recuento de la población y del paisaje como inventario del nuevo territorio nacional. Fueron las grandes e históricas excepciones en América del Sur, los dibujos de la alemana Maria Sibylla Merian en Surinam, y del holandés Albert Eckhout en Brasil quienes con su bagaje de pintura realista de especímenes originado en el género pictórico de naturalezas muertas enfocaron su atención en la observación directa de los animales nativos, muchos de ellos desconocidos en Europa, aplicando un componente empírico apropiado para las ciencias.

El enfoque de Blanca Moreno al realizar estos dibujos no busca ilustrar literalmente el contenido de los textos poéticos de Roberto Triana, lo que sería intrínsecamente imposible, sino complementar la visión del poeta con la suya propia. Para ello accede a su propio lenguaje que ha estado estrechamente ligado a la observación directa de la naturaleza, y que la relaciona con la herencia de su precedente más célebre e inmediato, Gonzalo Ariza, uno de los paisajistas más importantes e innovadores del Siglo 20 en Colombia, quien expandió las referencias pictóricas del academismo europeo incorporando libremente el bagaje de la herencia japonesa.

Blanca ha realizado una obra que se basa en recorridos y observación directa por las diversas áreas y parajes del país donde toma apuntes detallados, o realiza bocetos en lápiz o tinta que después utiliza para la realización de sus pinturas al oleo. Ellas reflejan no solo la magnificencia y variedad del paisaje, sino que documentan en unos casos su aún exuberante estado de conservación, y en otros su decaimiento y transformaciones debido a fuerzas sociales o económicas. Con igual atención inquisitiva interpreta remotos rincones rurales, lugares icónicos y de significación histórica entrañables en la identidad regional como el rio Magdalena y el Salto de Tequendama, o panorámicas urbanas de Bogotá, su ciudad. Su visión es empírica y a pesar de lo realista no sigue cánones académicos ni mucho menos fórmulas pintorescas; sus obras, actuales y veraces manifiestan una dominante ideología contemporánea de conciencia ecológica y en conjunto, reflejan una cosmovisión de integración con la naturaleza.

En esta serie de dibujos de animales la artista nos remite a variadas tradiciones pictóricas globales, no solo a las realistas relacionadas con la observación científica en nuestro continente, sino a otras geográficamente más remotas con las que sus imágenes tienen estrecha afinidad. El Bestiario tiene paralelo con los tres libros de poesías Haiku románticas o eróticas, ilustradas por el grabador japonés Katsushika Hokusai: uno de ellos incluye insectos, otro ranas, y el tercero, pares de pájaros todos de distintas especies cuyos comportamientos animales establecen una analogía con las situaciones sentimentales invocadas en los textos. Los dibujos de Blanca también evocan la pintura naturalista islámica (mogol o persa) que en el Siglo 15 tuvo como uno de sus principales exponentes en pintura de animales, usualmente observados en las colecciones exóticas o zoológicos de las cortes de la India, al Ustad (maestro) Mansur.

Blanca Moreno ostenta en los dibujos del Bestiario una libertad de elementos de hibridez cultural que va mucho más lejos que la evocación histórica, y sorprenden manifestándose explícitamente al haber incorporado en ellos la técnica islámica del ebru que en la época victoriana fue popular para ornamentar papel con el efecto de mármol. En ella, se coloca pigmento de color sobre agua que se ha espesado con gomas vegetales lo que hace que el color no se diluya sino quede flotante y visible sobre la superficie del agua, y allí se manipula moviéndola para formar un diseño que es el resultado del flujo del agua, y que como un monotipo se transfiere al papel al colocarlo encima. La técnica tiene una significación especial para sus practicantes: el movimiento del agua es parte del flujo vital del universo, y cada diseño que se forma en la superficie del agua es natural e irrepetible. Los artistas esparcen la pintura en la superficie y la manipulan pero no realizan el dibujo – es el azar o el “poder absoluto” lo que le da su forma final.

En la trayectoria de Blanca el agua ha sido un tema constante, estando ella siempre atenta a su presencia o su ausencia, a su flujo o “recorridos” visibles o subterráneos por los paisajes rurales o urbanos. La técnica del ebru le ha permitido abordarla e incorporarla desde otro punto de vista, como elemento activo en la realización de sus dibujos integrando aspectos técnicos y continuidad conceptual. Es sorprendente cómo usualmente el ebru ha sido utilizado como motivo embellecedor y decorativo, y en este caso se constituye en elemento pictórico y significativo: describe la red de la araña, el movimiento de las alas o aire del colibrí o el halcón, el salpicar de las olas en el tapir, o los destellos del pelaje del zorro.

Esta obra no solo presenta un Bestiario que refleja las complejidades de la hibridez latinoamericana y características de la globalidad contemporánea integrando con libertad variados referentes históricos y culturales, sino que refleja una nueva concepción de la naturaleza y una nueva relación con los animales que corresponde a cuestionamientos e ideologías actuales. La cultura occidental, más que otras, ha sido antropocéntrica desde que en el Génesis se prescribió que los humanos tienen a su cargo el dominio de los animales, que son seres con características inferiores, y que las cualidades humanas y animales son excluyentes. Sin embargo, el animal también ha sido un arquetipo cultural de alteridad, el “otro”, y ha jugado un papel vital en la construcción simbólica de la identidad humana. Como toda alteridad contiene la paradoja de lo que es opuesto o diferente, pero también de lo que es similar; como un espejo refleja facetas de lo que no vemos fácilmente en nosotros mismos.

Las poesías de Roberto Triana abiertamente expresan las facetas primarias, primordiales, emocionales y sensuales que nos comunican e identifican con nuestra identidad animal, y el Bestiario en su totalidad lejos de expresar una cosmovisión articulada en la oposición binaria y excluyente de lo humano y lo animal, nos reubica como parte de la naturaleza en términos de animales humanos y no humanos, cuestionando nuestra relación con estos seres y con nosotros mismos. Esa nueva mirada se refleja en la representación visual de animales que son el resultado de una minuciosa y fresca contemplación, que no siguen prototipos establecidos y genéricos en su representación, sino que como retratos casi expresan la  individualidad y emociones vitales de cada uno. Roberto Triana y Blanca Moreno se complementan con la perspectiva, bagaje y voz de cada uno, para converger en una obra que nos proporciona una visión integrada que suma más que sus dos proponentes, y con regocijo celebran la identidad y esencia fundamental del animal, tanto del no humano como la del humano.

Nueva York, Enero, 2014

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